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Belle-Ile

Me desahogo.

Me desahogo.

No nos engañemos: que en la escuela o institutos haya habido alumnos ignorantes, vagos, maleducados no es consecuencia de la LOGSE. Ya los romanos se quejaban de que los jóvenes de la época no tenían las virtudes de sus padres así que debe ser un tópico que encierra poca verdad.

A poca memoria que se tenga se reconocerá que hace veinte años se hacían barrabasadas en un instituto que podrían ser equivalentes a las de ahora (Yo recuerdo alguna verdaderamente indignante)

Lo que ocurría es que a esos alumnos raramente se le reían las gracias: o bien los padres trataban de ponerlos en vereda, o bien terminaban rápidamente en el mercado laboral o bien los profesores se encargaban de que su futuro escolar se viese muy limitado (eufesmismo que quería decir: no vas a aprobar en tu vida porque me sale de mis gónadas).

 

Hoy, entre la tolerancia de la dichosa LOGSE, la ceguera de padres, el consentimiento cobarde de la inspección educativa y muchos profesores que nos convencemos de que poco podemos hacer es más fácil que un alumno resulte incómodo al sistema escolar por querer estudiar que por cagarse en Dios (como puedo atestiguar con datos documentales).

 

Voy a ilustrar todo esto con una pequeña anécdota real como la vida misma.

 

Supongamos que hace veinte años Tamara o Cristian o Jennifer o Jonathan estuviesen en clase de matemáticas sin tener su tarea hecha, hablando con los compañeros de sus alrededores y sin prestar la menor atención al profesor. Este profesor, una vez colmada su paciencia y hecho el habitual ataque preventivo de pequeños castigos, ceros en la libreta etcétera, diría con voz engolada: Voy a avisar a tus padres para hablar con ellos.

Quitando los casos más irrecuperables, el tal alumno palidecería y sabría que en casa la llamada del profesor podría ser nefasta a sus aspiraciones de pasar el fin de semana con sus amigos o con la hipotética compra de la moto. Y que, además, la bronca nadie se la quitaría.

 

Supongamos que en el día de hoy Tamara o Cristian o Jennifer o Jonathan estuviesen en clase de matemáticas sin tener su tarea hecha, hablando con los compañeros de sus alrededores y sin prestar la menor atención al profesor. El profesor, recordando esas técnicas en que los pedagogos (sin haber dado nunca una clase en su vida a veinticinco mozalbetes reacios a aprender) insisten, usa la técnica de intentar camelarse al alumno. Entonces el tal alumno ¡amenaza con que su padre va a venir a hablar con el profesor!

 

Y lo triste es que la tal amenaza del alumno no es un farol en algunos casos. El progenitor, con cara de estar armado de razón, busca al profesor que ha tenido la temible osadía de pretender, no ya que su hijo aprenda, que sabido es que no le interesa lo más mínimo, sino de perturbar la distracción del muchacho que se lo pasa muy bien hablando de motos con el compañero o comentando con su amiga lo guarrilla que es Samantha que el viernes pasado hizo tal cosa con Rubén.

 

Si la cosa queda en un intercambio más o menos tenso de pareceres, no va mal el día. Pero es posible que derive en una sarta de agresivos comentarios por parte del padre o madre que, para eso se supone que somos profesionales, el profesor debe aguantar impasible.

 

En esos casos yo me relajo de la siguiente forma: imagino al padre muy muy enfermo en un hospital, dependiendo de que a una determinada hora Tamara o Cristian o Jennifer o Jonathan le tengan que administrar su medicina. Pero Tamara está muy entretenida viendo el culebrón y Cristian intentando averiguar la ropa interior que lleva la enfermera. Lástima, señor padre, que, si su hijo hubiese tenido la costumbre de atender en clase, a lo mejor hoy le hubiese podido atender a usted. Pero no se preocupe. Seguro que llorará en su entierro, ya que usted tanto hizo porque tuviera una adolescencia sin preocupaciones.

2 comentarios

Milady -

Tengo una ex-compañera de facultad profesora de secundaria, pero nada vocacional. Y su conclusión es esta: Ya paso, que hagan lo que les de la gana.

Es triste.

Espero que te prodigues más por aquí, que se te echaba de menos.

Jorge(Ender99) -

Te entiendo perfectamente. Mis padres son, ambos los dos, profesores de secundaria y conozco 1001 historias que en una sociedad racional serían de chiste. Lo que pasa es que al ser verdad, estas anécdotas se conviertan en tragedia.

Yo proporcionaría a los profesores un status legal similar al de policías o médicos, para que se les conceda por miedo a la multa el respeto que deberían tener por formar a nuestros pequeños monstruitos.