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Belle-Ile

Belle-Île-en-Mer

Belle-Île-en-Mer

Islas.

Nadie piensa en islas frías en mares helados.

Una isla tropical. 

Si te gusta bañarte, una larguísima playa de arena fina y al fondo unas palmeras.

Si te gusta la aventura, una jungla donde esqueletos nos señalan la dirección del tesoro.

Si te gusta la tranquilidad, un bungalow con vistas al mar, una hamaca donde leer y  algunos indígenas sirviéndote deliciosas bebidas.

 

O islas desiertas.  Siempre cálidas.

¿Qué tres cosas llevarse a una isla desierta?

A lo mejor sólo necesitas una.

 

¿Con quién te gustaría naufragar en una isla desierta?  ¿Seguro que no acabaríais enfadados?

 

Islas.  Solitarias y rodeadas en un mar infinito donde pocos barcos pasan.

 

Pero esta no es mi isla.

Hoy no.

Mi isla, lo acabo de leer, es la mayor de las islas bretonas.  Por tanto no es una isla tropical sino atlántica.  Muy cercana a la costa.

No hay pues ni calor, ni mar infinito.  Dudo que tesoros escondidos y, desde luego, para nada desierta.

 

En esa isla hay una tumba que no existe.  Porque allí, literariamente, murió un coloso.

Como quiere el tópico, a un cuerpo grande se le unió una mente no muy brillante pero, eso sí, un enorme corazón.  Engañado por un amigo luchó por él y pereció.

No pudieron matarle los hombres, pero sí la roca traicionera.  En la gruta de Locmaria murió nuestro héroe.

 

No os quiero engañar: no es mi personaje favorito de esa novela.  Nunca me sentí demasiado identificado con él. 

De sus tres amigos, uno siempre fue un hipócrita y, en efecto, ese fue el que propició su muerte.

Otro de ellos, el más joven, a pesar de frívolo y alocado fue mi héroe de mocedad, como el de otros muchos niños de mi edad y como los de muchas generaciones anteriores a la mía.

El tercero, el mayor de todos, es ahora mi personaje favorito.  Ya quisiera yo poder ser tan digno como él y tener la mitad de su nobleza.  No le envidio, sin embargo, su infelicidad ni el destino de los que amó.

 

¿Por qué pues recordar hoy al gigante bobalicón?  Porque fue fiel a sus amigos y nunca dudó de ellos.  Porque, como las rocas de Locmaria, a veces destrozamos las cosas ingenuas y alegres.

 

Brindo por ti, Porthos.  Amigo.

 

 

 

 

1 comentario

Aurelia -

Soy rara.

Mi gusto por las islas se desvía del del común de los mortales. No me gustan las islas tropicales ni las vacaciones de relax todo incluido. Ni siquiera si hay nativos sirviendo bebidas. Demasiado aburrido.

Tampoco me atrevo con la búsqueda del tesoro frente a John Silver. Demasiado cobarde.

Yo me quedo con las islas frías del Mar del Norte. Las bretonas también estarían bien, pero hay demasiado francés :P

Entre los franceses, desde luego Dumas es de los que me gustan. Pero en cuestión de personajes, también soy rara.

Mi personaje es Richelieu. El malvado, inteligente y persuasivo. A su modo siempre al servicio de Francia. La continuación me viene a dar la razón: Dumas no profesa a Mazarino ni con mucho el respeto que le concede al cardenal clérigo. Y en la vida real... más quisiéramos haber tenido validos en España como Richelieu o Buckingham.

Acusar sólo a Aramis por su hipocresía ... Una de las cosas buenas de esa novela es que no son blancos ni negros, aunque a primera vista lo puede parecer. Son claros y oscuros como somos en la vida real. Aman pero se aprovechan de las mujeres, son fieles al rey pero le pulen la cornamenta que le pone el inglés, y tantos etcéteras. Los malos del mismo modo que los buenos. El final de los mosqueteros, con Richelieu honrando a D'artagnan, es insuperable. Hasta Milady, que es mala malísima, tiene una virtud: La fidelidad a su señor.

Y Aramis... es tan bello...