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Belle-Ile

Nombres.

Nombres.

Un ritual que repito año tras años (todos los profes lo hacemos, claro) es leer las lista de los alumnos antes de empezar las clases. ¡Veintiún años ya!   

 

Busco alumnos conocidos, tanto por sus buenas cualidades como por lo contrario.  Y luego, me fijo en los nombres de los desconocidos.

 

Seguro que habrá Jonathan, Jennifer, Vanesa, Rubén, Tamara, Raúl, Tania, Tatiana, Kilian, ...

 

Y, como ocurre curso tras curso, las probabilidades de que alguno de ellos apruebe matemáticas no llegará al 5%.

 

¿Por qué hay nombres que parecen marcar a las personas?

 

En realidad la pregunta es doble.  Habría primero que preguntarse si mi apreciación es cierta o estoy sugestionado.  Pero aunque mi experiencia debería servir para confirmar mi teoría, me he molestado en preguntarle a compañeros y básicamente coincidimos: de las personas con los nombres arriba mencionados, es rarísimo que haya un buen alumno.

 

Entonces, dando por supuesta la teoría, ¿por qué ocurre?

 

La razón es evidente, supongo.

No se trata de que si a un recién nacido en lugar de llamarlo Rubén lo llamáramos Antonio su cociente intelectual se duplicaría.

Lo que ocurre, obviamente, es que las personas que ponen esos nombres a sus hijos, por razones varias, no logran crear en sus hogares un ambiente propicio al estudio.

 

No estoy convencido que el principal condicionante sea el económico sino cultural.  Quien no sabe apreciar la belleza de un nombre sencillo, probablemente no sabe la importancia de leer un libro. 

 

Curiosamente con los piercings no sucede algo parecido.  Alumnos agujereados como aborígenes de Papúa  son capaces de obtener excelentes resultados académicos.

Y la paradoja es aún mayor cuando tal cosa no ocurre con los peinados: a mayor modernez en el peinado, peor rendimiento académico.

 

Así que, si alguno de vosotros tiene que contratar un empleado yo le aconsejaría que se fijase menos en los piercings y más en el peinado.  Y, desde luego, cuidadito con los Jonathan.

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