Filosofía
Los dos grandes maestros de la filosofía universal no dejaron nada escrito que se sepa. Sócrates tampoco.
El primero de ellos, cuando olvidaba su manía de creerse hijo de Dios, dijo cosas que todavía sorprenden por su modernidad. El segundo basó todas sus enseñanzas en hacernos ver la dualidad entre el Bien y el Mal y lo fácil que es caer en las garras del segundo. Me refiero, claro, al maestro Yoda.
Ya en el siglo XX el mejor tratado de Ética y de Educación para la Ciudadanía (tan bueno que es extraño que ni el PP ni los obispos hayan pedido su retirada de la circulación) es un libro que luego fue película: Matar a un ruiseñor.
En otra línea completamente distinta, no hay que olvidar las dos grandes aportaciones a la Ética que suponen Duelo en la Alta Sierra y Grupo Salvaje.
Sin embargo, mi intención de hoy es centrarme en una pequeña obra maestra algo posterior. Se trata, ya lo habrán adivinado, de la canción Pedro Navajas.
Obviando el desarrollo argumental de este pequeño tratado, hay dos enseñanzas fundamentales que aparecen en él.
La primera es la inolvidable frase, que resume un par de milenios de estudios, que dice: Si naciste pa martillo, del cielo te caen los clavos.
La predestinación, el sino trágico de los hombres, expresado en media línea. Da igual nuestras intenciones, nuestros afanes, nuestras esperanzas. Al final, nuestro destino es inevitable.
No soy el primero de los autores en darse cuenta la contradicción existente entre esa frase y la siguiente, a mi modo de ver, mucho más interesante. Dejo para los más eruditos que traten de conciliar ambas posturas y me centraré, siquiera brevemente, en el final de la canción: La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.
Hay pocas verdades más obvias pero a la vez más extrañas que esta. Las planificaciones no siempre funcionan. Surge lo extraño, casi siempre desastroso pero a veces maravilloso. No nos podemos confiar pero tampoco desconfiar. Reflexionaremos, le daremos mil vueltas a las cosas y seguiremos teniendo, ante esos acontecimientos imprevistos, la misma cara de asombro que el niño ante el truco del mago.
Y dentro de esas sorpresas, quizá las más hermosas sean las más pequeñas. Como una risa en el día más triste. Como una palabra cuando más se necesita.
1 comentario
Milady -
La oficiante, casta y pía Maribel, espera seria muy en su papel. Se diría que hasta está posando, si no fuera porque en esta época no hay cámaras.
El reo es atado al palo vertical sobre el montón de palos y paja. La oficiante levanta la tea encendida y prende fuego.
El olor a carne quemada llega hasta Murcia (dedico este guiño a mi papá, que no me estará leyendo). Pero el reo no grita, muere en silencio. Aprendió heroicidad de Aticus Finch, cuya filosofía, por cierto y efectivamente, está en el Evangelio. Pero en realidad no grita porque está en trance recordando a su maestro, que casi murió del mismo modo: Abrasadito, abrasadito en un planeta muy muy lejano. Por pasarse al lado oscuro.
Tiene una amiga que podría intentar interceder, siquiera solo sea por el bonito párrafo final, pero está ocupada aliviando los dolores de Suilus, con unas quemaduras mucho más mundanas.
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